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Trabajadores Invisibles: Una Cuidadora Indocumentada Comparte Su Historia

Posted By admin On May 30, 2013 @ 4:11 pm In Featured Noticias,General Noticias | No Comments

Hace unos años, Florence Tratar se cayó. A sus 80 años, era suficiente para cambiar su vida drásticamente y dejarla atada a una silla de ruedas. Y sin familia cercana, ella necesitaba que alguien se mudara con ella y cuidara de ella inmediatamente.

Pero nadie que contrató funciono bien, hasta que encontró a Joesy Gerrish, una cuidadora de Fiji.

“Ella me gustó de inmediato”, dice Tratar. Así que una vez que las referencias de Gerrish salieron bien, fue contratada y se mudo a la casa de Tratar para ayudarla a tiempo completo. Es fácil ver por qué Tratar escogió a Gerrish. En sus cuarentas, ella es enérgica, tiene una risa rápida, y dice que trata a sus empleadores como de la familia.

Ahora, Gerrish se levanta temprano cada mañana, hace toda la comida de Tratar, y la lleva a sus citas.

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“Hago todo!”, dice Gerrish.

“Todo!” coincide Tratar. “Quiero decir, todo lo que tengo que hacer, Joesy lo hace”.

Conocí a Tratar y Gerrish en Sebastopol, California, al norte de San Francisco. Las dos mujeres habían ido a ver un corto documental sobre Gerrish. La película del director Theo Rigby de San Francisco, muestra cómo los cuidadores inmigrantes llenan una demanda en los Estados Unidos para asistencia a las personas con discapacidad y los ancianos.

El documental enseña a Gerrish cocinando y yendo de compras para una empleadora anterior, una mujer japonesa enferma. Ella le da de comer, la voltea en la cama para que no le salgan las úlceras por presión. Es un trabajo sin parar.

Después de la película, Tratar se dio cuenta de lo poco que sabía sobre la vida de Gerrish: Cómo extraña a Fiji, y cómo ella está en los Estados Unidos sin autorización legal.

“Esto es una sorpresa para mí, porque yo no sabía”, dice Tratar.

Ella está en contra de la contratación de personas sin papeles, dice. Pero también no puede decir por qué ella nunca le pidió a Gerrish su documentación. Tal vez porque ella no quería saber, dice, porque Gerrish encajó bien.

Mientras tanto, Gerrish dice que no se preocupa por salir de las sombras tan públicamente. Ella le dice a Tratar cómo espera que la reforma migratoria podría concederle su estatus legal.

“Está llegando”, Gerrish le dice a Tratar. “Es un viaje largo, pero vamos a llegar”.

Gerrish también le dice a Tratar cómo, en su tiempo libre, ella está trabajando para mejorar las condiciones laborales de otros cuidadores, niñeras y trabajadoras de limpieza. En California, se estima que unas 200.000 personas hacen este tipo de trabajo, muchos de ellos sin papeles.

Ella habla de las mujeres de México que conoce, junto con otros inmigrantes de otras partes, que viven en los EE.UU. ilegalmente y se preocupan de ser deportados en camino al trabajo. Además, dice Gerrish, oye sobre las mujeres preocupadas por su paga, porque están trabajando en negro. Si hay una disputa con un empleador, los salarios pueden ser retenidos y los trabajadores indocumentados tal vez no saben de que todavía tienen el derecho a reclamar los salarios.

“Oh, hay mucho de eso, que paguen bajo la mesa. ¡Mucho!” exclama Tratar.

“Sí”, dice Gerrish, “pero ese es el único tipo de trabajo que podemos hacer. Nos gustaría hacer otras cosas. Pero estamos atados en eso”.

Gerrish dice que se ha sentido maltratada por otros empleadores.

“Oh, eres como un esclavo”, dice ella. “Haz esto. Haz eso. Haz eso. Yo digo, ‘Espera un minuto, sólo tengo dos manos’. Pero te quieren justo ahí, justo ahí, justo ahí. Si no lo haces, te corren. Pero hay que hacerlo. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Necesitas sobrevivir”.

Gerrish está trabajando con una abogada laboral, Maureen Purtill, que organiza a las mujeres inmigrantes en el Graton Day Labor Center, cerca de ahí en Sonoma. Purtill recuerda la reacción de Gerrish cuando ella le dijo que, entre otras demandas, como las horas extras y vacaciones, que lucharían por que los trabajadores obtengan sueño ininterrumpido.

“Ella se echó a reír, con una risa incómoda, como, ‘Oh, me encantaría. Eso sería increíble. Nunca he tenido el derecho a dormir cinco horas a la vez, o ocho horas a la vez”, dice Purtill. “El trabajo requiere a veces, ya sabes, cuidado a cada dos horas si estás cuidando a personas mayores”.

Es el caso de Gerrish, que se despierta con Florence Tratar a las 4:00 o 5:00 a.m. todos los días.

“¡Oh Dios mío misericordioso, necesitas ayuda doméstica”, dice Tratar. “No sé lo que haría sin Joesy. No podría sobrevivir”.

Tratar espera que Gerrish legalizará su estatus pronto. Entiende ahora que la deportación es una preocupación constante para su cuidadora.

“Todos los días se vive con miedo, mirando detrás de tu hombro constantemente”, dice Gerrish.

La cuestión ahora es si la nueva legislación permitiría que ambas mujeres descansen un poco mejor.

Lea la nota original en: newamericamedia.org [2]


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